la_cena_de_los_jueves2 - page 135

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Testimonios
de un día infernal
JONES
T
ras conversar brevemente con su
primo, Manuel Agüero y un vecino
de este, José Miguel Bustos, el
gobernador dió la orden a su chofer de conti-
nuar el viaje
Unos 200 metros lo separaban de su destino,
la casa de su otro primo, Robustiano Agüero,
adonde almorzaría, en compañía de los otros
ocupantes del auto: el fuerte empresario Juan
Meglioli, el presidente de la Corte de Justicia,
Luis Colombo y su secretario Humberto
Bianchi.
Por la tarde estaba previsto que Jones y
Meglioli visitarán una propiedad de este,
donde se realizaban trabajos de sistematiza-
ción del riego..
Pero fue precisamente en el momento en el
que Jones dió la orden de continuar el viaje,
cuando se desencadenaron los hechos.
Estos fueron los testimonios recogidos por la
justicia:
J
osé Miguel Bustos escuchó que el
gobernador decía
“!tira!”
dando la
orden de partida del auto. Llevó su
mano derecha al sombrero en gesto de saludo
y en ese preciso instante escuchó el disparo y
un zumbido que pasó en el ángulo formado
por su brazo y fue a incrustarse en la capota
del vehículo.
Sorprendido, Bustos miró hacia el lugar
desde donde creyó que había partido el tiro y
vio a una distancia como de cincuenta metros
y sobre su lado izquierdo al costado sur, a un
individuo que rodilla a tierra empuñaba un
Winchester.
El sujeto seguía disparando. Bustos vio que
uno de los tiros hirió al gobernador en el
pecho. Al recibir la herida, el cuerpo de
Jones, que estaba sentado, cayó hacia atrás.
Inmediatamente vio cinco, diez, quince cuer-
pos que rodeaban el auto armados y dispara-
ban contra Jones.
Bustos sintió terror y comenzó a correr. No se
detuvo hasta encontrarse cien metros interna-
do en los viñedos. Estaba agitado. Su cuerpo
temblaba. Vio a Santi, que corría hacia donde
él se encontraba.
E
l chofer del auto en el que viajaba
Jones, Leonardo Heard, estaba aten-
to a lo que hablaban el gobernador y
Agüero y no pudo ver lo que ocurría delante
del auto.
De pronto sintió tiros. Miró en todas direccio-
nes pero no vio a nadie. Leonardo aceleró el
automóvil, que estaba con el motor en funcio-
namiento. Pero el coche estaba en punto
muerto y no se movió. Se agachó rápidamen-
te pero la curiosidad pudo más y al levantar la
cabeza que vió por una ventana salían dos
caños de armas, al parecer Winchester.
Quiso abrir la puerta del coche pero no pudo
porque se lo impedía un cajón.
Miró a su derecha. Bianchi se había dejado
caer sobre el piso del auto, entre los pedales y
sus piernas. Se tiró entonces de cabeza por el
lado derecho y gateando se puso atrás del
coche. De pronto vio a su lado a una persona
vestida de negro. Estaba aterrorizado. Ni
siquiera pensó en mirar lo que ocurría con los
ocupantes del auto. Corrió hasta la casa de
Agüero.
Don Manuel Agüero estaba en la puerta y
había sacado un revólver de caño niquelado.
—Tire, hombre, tire...! –,
dijo Agüero.
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José Miguel Bustos
escuchó que el gobernador
decía “!tira!” dando la
orden de partida del auto.
Llevó su mano derecha
al sombrero en gesto
de saludo y en ese
preciso instante escuchó
el disparo y un zumbido que
pasó en el ángulo formado
por su brazo y fue a
incrustarse en la capota
del vehículo.
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