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¿Cuántos días son verdaderamente nuestros al final de una
vida?
Desde un almanaque el rojo nos guiña un ojo.
Pero yo no estoy hablando de uno de esos días pintados de rojo.
Yo hablo de un día cualquiera. Digamos, de un lunes. O quizás
mejor un jueves.
¿Saben? Hay veces que se nos mete adentro la poesía de Hora‑
cio cuando dice:
“este día sin sol es todo mío…”.
Y cuando eso ocurre el diario tiene, inexorablemente, un des‑
tino de tacho de basura, no enciendo la radio ni para saber si
está lloviendo, reprimo este vicio de Internet y el televisor pasa
a ser sólo un mueble.
Cuando eso ocurre es inútil que se gasten astrólogos y vende‑
dores, ventajistas o usurpadores.
Las sirenas pueden enmudecer.
Y también los moralistas, los sabihondos, los falsos optimistas y
los eternos amargados.
Cuando las raíces de nuestra esencia se nos pegan en el alma, es
bueno tomarnos algunos francos.
Algunos de los tantos que le debemos a la vida.
Alguno de los tantos que consumimos aprendiendo inglés, dis‑
cutiendo ideologías, haciendo dietas para adelgazar, pagando
cuotas, eligiendo la licuadora, compitiendo con nosotros mis‑
mos.
Es hora de decir:
respiren.
No esperen algo nuevo de mí en este día ni me rindan cuentas.
Mi mal genio está de vacaciones. Mis urgencias no han venido.
Pueden hablar de mí lo que quieran. Estaré ausente de mí.
Hasta mi ego puede hacer sus propios planes. El mérito no
quiere seguir subiendo escaleras.
Y lo mismo ocurre con mis defectos y virtudes, mis dilemas e
inquietudes.
Juan Carlos Bataller
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