la_cena_de_los_jueves2 - page 17

J
uan no lo podía creer. Era algo mágico.
Un chorro de luz potente salía de la máquina
y se proyectaba sobre la sábana blanca soste-
nida sobre la pared de adobe.
Miró el lugar de donde provenía la luz intensa.
A pesar del deslumbramiento sintió el ruido de un
motor en funcionamiento y la silueta de un vehículo.
Felisa se tomaba fuerte de su brazo.
—Estos tipos deben ser medios brujos... —
dijo la
mujer. Y su cara regordeta enmarcada en gruesas
trenzas quedó en silencio.
Se acercaron al vehículo cuidando de no enfrentar a
la luz.
—Juan, ¿estás seguro que viste este carro andar
sin que lo tirara algún animal?
—Segurísimo. Algunos venían a caballo pero en el
carro venían cuatro y andaba solo.
—¿Qué ruido hace!
—Fijate, esos hilos que salen del carro llegan hasta
el aparato que produce la luz...
De pronto una voz potente se escuchó por sobre el
ruido del motor.
—Amigos, esta noche van a tener la oportunidad
de ver por primera vez, el más fabuloso invento
llegado al país: el cinematógrafo. Lo que parecía
imposible se ha logrado: capturar el movimiento.
Yo les pido que presten mucha atención y que les
cuenten a todos sus amigos lo que van a ver. Esto
no es magia. Es ciencia. Recuerden: esto se los
trae el Club Baluarte.
Juan y Feliza se acercaron al resto de la gente.
Eran veintiocho los lugareños y una veintena de
niños que miraban con cara seria y ojitos grandes.
Rómulo Acevedo había llegado con su mujer y sus
tres hijos y se había sentado en un tronco, bajo el
algarrobo. Su mujer permanecía de pie, a su lado,
con el hijo más pequeño en brazos.
No era común ver gente de la ciudad por aquellos
pagos de Niquivil en 1918. Pocos se animaban a
hacer la travesia desde San Juan a lo largo de 120
kilómetros de ripiales y montes cortados por un
camino de tierra que demandaba un día entero reco-
rrer.
R
ómulo no conocía San Juan pero estuvo
algunas veces en Jáchal adonde podía lle-
gar en tres horas si apuraba la marcha del
animal.
Niquivil era un caserio con paredes de barro y
techos de caña, donde la vida era sólo el trecho que
va desde el nacimiento hasta la muerte.
Como su padre y su abuelo, Rómulo trabajó la tie-
rra, cosechó las aceitunas, cortó la alfalfa, cuidó los
cabritos y esperó al patrón cuando este venía de
Jáchal una vez por semana, a traer alguna mercade-
ría y llevarse algunos corderos. Allí conoció a la
Carmen con la que casi sin darse cuenta se fueron
“acollarando” y un día levantaron el rancho propio,
donde nacieron seis niños, de los cuales sólo sobre-
vivían tres.
Sólo este anochecer era distinto a los demás, en sus
cuarenta años de vida. Y mientras el fuego se hacía
brazas para asar un cordero, de pronto la luz comen-
zó a reflejar imágenes sobre la pared.
No era fácil distinguir con claridad los rostros. Pero
era gracioso ver a esos hombres de traje y esas
mujeres robustas que caminaban con pasos rápidos y
cortitos, que se saludaban, que caían para levantarse
rápidamente.
—Y todo sale de esa luz—
le dijo Rómulo a la
Carmen, que ni siquiera lo escuchó, absorta en la
pared.
De pronto la pared dejó de proyectar imágenes y
frente a la luz apareció aquel hombre jóven, de gran-
des bigotes y sombrero negro.
Uno de los hombres llegados de la ciudad pegó el
grito:
—¡Viva el doctor Federico Cantoni, carajo!
Alguien acercó un cajón, sobre el que subio
Cantoni. Y este comenzó a hablar.
S
u lenguaje sencillo, comprensible para todos
y su voz varonil, fuerte y grave, seducía a la
gente de pueblo. Era un discurso pintoresco,
con términos hasta vulgares y ordinarios, plenos de
picardía.
“Ya va siendo hora que el patrón doble el lomo
sobre el surco y pague al obrero lo que corres-
ponde. Vengo a decirles que esa hora se acerca y
que los necesitamos a cada uno de ustedes para
terminar con estos conservadores oligarcas que se
han hecho ricos con el trabajo ajeno”—
, decía
Cantoni y en la noche de Niquivil hombres y muje-
res escuchaban, sin que un sólo músculo expresara
lo que estaban pensando.
Cantoni bajó del cajón y se acercó a la gente.
Dio la mano uno por uno a todos los presentes.
— ¿Y vos como te llamás?
—Rómulo Acevedo, para servirlo.
12
El cine de Cantoni
JONES
Doña Ursulina Aimé Both de Cantoni junto a sus hijos Aldo, Federico y Elio.
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