El Nuevo Diario - page 6

Viernes 31 de agosto de 2018
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LOS DISCURSOS DEL PRÓCER QUE POCOS CONOCEN
Qué diría hoy Sarmiento
de la educación argentina
El pensamiento de Domingo Faustino
Sarmiento no sólo está expresado en sus
libros, muchas de sus ideas y propuestas
están contenidas en discursos y cartas.
Aquí se reproducen partes de algunos de
estos valiosos textos que tienen relación
con la educación. Y aunque pasó siglo y
medio, muchos de sus escritos y sus dis-
cursos tienen plena actualidad.
Hace tres siglos que descen-
dieron algunos soldados es-
pañoles de la nevada
cordillera de Los Andes,
donde en estas faldas encontraron un
río, asentaron sus reales y echaron los
cimientos de lo que hoy es la ciudad de
San Juan.
Aquellos soldados, a las órdenes de
aventureros o nobles capitanes por ig-
norantes que ellos mismos fuesen,
traían consigo a estas tierras, habita-
das entonces por salvajes, una fe reli-
giosa, una civilización completa y un
sistema de leyes que debían implantar,
propagar y mantener en la nueva patria
que se daban.
Para la religión que profesaron ellos y
sus descendiente fundaron iglesias,
conventos, legan bienes cuantiosos
para su sostén.
Más, para propagar las luces de que
eran depositarios fueron menos solíci-
tos y salvo la escuela del rey en la que
se enseñaba a leer y escribir a los hijos
de las familias nobles, tres siglos trans-
currieron sin que proveyese de medios
de dar instrucciones más elevadas a
las generaciones que se sucedían.
La emancipación de las colonias no
trajo para estos pueblos, como era de
presumirlo, novedad ni progreso impor-
tante en cuanto a extender la instruc-
ción más allá de la enseñanza
primaria”.
(Discurso de 29 de junio de 1862,
en la inauguración del Colegio
Preparatorio)
Mucha
religión pero
poca educación
Subsiste en la República
Argentina como un pasa-
porte, un privilegio, un título
sin el cual no hay admisión
en las regiones de la ciencia oficial.
Esta institución añeja, mata el saber
donde quiera que se desenvuelva
fuera de las puertas de la universidad
y castiga con un rechazo permanente
y persigue hasta la muerte al talento
que intentase abrirse paso por entre
estas trabas. Hay una universidad en
Córdoba y otra en Buenos Aires, en
que los alumnos se gradúan en teolo-
gía, derecho o medicina. No vitupero
esto. Para la enseñanza de ciencias
tan altas, se requieren centros de po-
blación importantes, profesores hábi-
les, rentas suficientes para su sostén.
No está ahí el mal.
El mal está en que para recibir el
grado de doctor que se cree indispen-
sable, sólo el latín aprendido en Cór-
doba, es buen latín, y sólo los
rudimentos de química o bien las sim-
ples nociones de matemáticas que se
dan en Buenos Aires, son apenas su-
ficientes para ser agrimensores, son
tenidas por matemáticas”.
No se gobiernan así las cosas en In-
glaterra y Estados Unidos. Ni para ser
abogado ni jurisconsulto se piden títu-
los escritos.
El presidente Lincoln, el vicepresi-
dente Filmore, entre mil, nacieron
peones, se educaron labradores o pul-
peros. Con la edad viril y una “self-edu-
cation” como ellos llaman, se fueron
dilatando sus facultades mentales
hasta revelarse escritores, y hombres
maduros buscaron un abogado que les
enseñase leyes, y cuando aprendieron
el oficio se presentaron en el foro a
abogar o fueron en la tribuna parlamen-
taria sabios legisladores.
Nuestros sistemas de doctores patenta-
dos, produce otro daño. De trescientos
que existen en Buenos Aires o San-
tiago de Chile, todos graduados o do-
cumentados, dos o tres son eminentes.
Diez ganan plata con su profesión y
doscientos se mueren de hambre, por-
que de tal manera disimulan su saber
ya que el público, no obstante el título,
se persuade al fin que no saben “jota”
de nada”.
(Discurso de 29 de junio
de 1862, en la inauguración
del Colegio Preparatorio)
La Edad Media nos ha legado
una fatal institución: el doctorado
El mal de la extrema
ignorancia está en que
hace improductivo al
hombre y le conserva
estacionario sin aspiración al-
guna.
Yo propondría a los comercian-
tes un buen negocio. Nadie
entra en el comercio sino en
condición de permanecer en él
por muchos años. Y bien, empe-
cemos por crear el consumidor.
El peón ignorante viste con pon-
cho y le basta una camisa.
Los hombres consumen no en
razón de sus posibilidades, sino
en proporción al desarrollo de su
inteligencia.
Conozco poquísimos hombres
que no sepan leer y usan reloj.
Para llevar reloj se necesita
poner a contribución todas las
producciones de la industria:
muchas camisas, excelentes
calzados, tejidos de lana y de
seda. Todo hace a la armonía
entre el reloj y la habitación, el
porte y el vestido”.
(Discurso del 10 de julio de 1862,
al colocar la piedra fundamental
de la Escuela Sarmiento)
Conozco pocos hombres que no saben leer y usan reloj
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