la_cena_de_los_jueves2 - page 210

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JONES
de la Nación por el ex gobernador Jones
cuando él decía que estaba gobernando a un
pueblo en completa decadencia, minado por
la tuberculosis, carcomido por las lues, tras-
tornado por el alcoholismo.
Y ese era el gobernante de San Juan que así
la pintaba ante la faz del mundo cuando él
estaba obligado a agradecer la decisión y el
sacrificio de aquel pueblo que lo había ungi-
do su gobernante.
.............................
Y
o había leído en los diarios que el
señor diputado electo por San
Juan, doctor Lloveras, de acuerdo
con el compromiso solemne contraído con
sus recientes correligionarios, debería com-
batir y pedir la anulación de nuestros diplo-
mas, para lo cual se contaba de antemano
con el beneplácito de la mayoría radical, con
la sanción de esa mayoría. Eso sólo da la
idea de la bajeza de alma y de espíritu de los
componentes y directores de esa agupación,
que desde allá, desde San Juan, pensaron así
de hombres, de diputados, de dignísimos
caballeros, honestísimos, a muchos de los
cuales he tratado antes de ser diputado y
durante los cuatro años que me he sentado
en esta banca y que los creía completamente
incapaces de una mala acción y de prestarse
a servir de instrumento ciego para satisfacer
rencores, odios, ambiciones. Jamás, señor
presidente.
Por eso yo estaba tranquilo, por eso cuando
se me hablaba aquí de que los diplomas de
la mayoría de San Juan serían rechazados,
no me preocupé. Quería hacer honor a la
representación de la mayoría radical del par-
lamento argentino. Me decía que era imposi-
ble que a la faz de la república arrojaran el
bofetón más bárbaro que conocieran los ana-
les de la política argentina rechazando sus
representantes.
E
l diputado electo señor Lloveras,
haciendo abuso de su espíritu fan-
tástico, ha ido hasta a recoger el
lodo de la calle para arrojarlo al rostro en
pleno parlamento, afirmando que los diplo-
mas deben ser rechazados desde el momento
que yo me había solidarizado con el crímen.
Nunca señor presidente. Yo he protestado
con toda la pasión de mi alma, de ese crí-
men.
Cuando yo veía aquella situación de San
Juan, que se conmovia no obstante la tran-
quilidad aparente, me parecía ver la superfi-
cie del océano, toda tranquilidad y después
agitarse las olas rompiendo los diques que
detienen las aguas.
Y bien; ¿no me ha sentido la honorable
cámara el año pasado pedir, por una, sino
cien veces, rogarle, suplicarle casi de rodi-
llas el arreglo de los asuntos de San Juan?
A veces venía a este recinto con los ojos
preñados de lágrimas porque presentía, adi-
vinaba luctuosos sucesos. ¿Por qué, señor
presidente? Porque el doctor Jones, tal vez
sin quererlo, por desconocimiento de la
manera de gobernar a los pueblos civilizados
y cultos, estaba incurriendo en esos errores
de los hombres políticos que han tenido
siempre tan fatales consecuencias.
H
echos parecidos dieron lugar a la
famosa revolución francesa, que
más tarde levantara el cadalso de
la Plaza de Gréve para segar diez mil cabe-
zas de las más sobresalientes de la Francia
republicana. Es el poder absorbente, desco-
nocedor de los derechos y libertades de los
pueblos lo que ha producido esa inmensa
catástrofe de la poderosa nación rusa que
hoy se debate en los horrores del hambre y
de la sangre.
He dicho, señor, que hasta las leyes físicas y
químicas permiten anticipar las consecuen-
cias posibles de una tal política. Tomemos
una botella, introduzcamos materias fermen-
tables, tapémosla bien... dejemos que los
gases que destilen esas substancias vayan
aumentando más y más la presión: si el
tapón no salta, la botella estalla. Conociendo
como conocía el sentimiento de mi pueblo,
sabiendo cómo se trataba a esa provincia,
conociendo asimismo su historia, tenía el
triste presentimiento de que fueran a repetir-
se hechos vergonzosos. Creía que desde
hace cuarenta años se había cerrado definiti-
vamente la obscura y tétrica galería de los
asesinatos políticos en mi provincia. Pero,
señor presidente, sé que repetidas las mis-
mas causas se reproducen los mismos efec-
tos: esta es la historia del mundo.
T
reinta y dos años me he pasado en
los cuarteles, en los compamentos,
en las enfermerías, cuidando lo más
sagrado, lo más querido y lo más respetado
que tiene el pueblo argentino: su ejército.
Ahí me he quemado las pestañas, en las
salas de los hospitales, curando, queriendo y
amando a la humanidad, enseñando a mis
alumnos. ¿Y voy yo, por ventura, a mi vejez
pretender el crímen, el asesinato político?
¡Para qué!
Es que muchas veces los hombres no saben
sujetar ni las pasiones ni la lengua y no
saben moderar su lenguaje como le ha pasa-
do al doctor Lloveras.
En San Juan había un partido radical pode-
roso, que se hubo fraccionado en el partido
radical intransigente presidido por el doctor
Cantoni y en el nacionalista presidido por el
diputado electo. Entre los dos grupos había
un distanciamiento profundo de odios y ren-
“No concibo
que hombres
honorables puedan
constituir un partido
y poner de presidente
a una persona
que está enjuiciada
por un crimen
tan horrendo”.
Ventura Lloveras
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