la_cena_de_los_jueves2 - page 178

El único
responsable
En el camino hacia atrás que realiza
desde hace cinco años el gobierno del
señor Irigoyen, desandando todos los pro-
gresos de la razón y la cultura política, tenía
forzosamente que encontrarse al regresar
con el asesinato político, con el cuál esa
manera de gobernar es contemporánea y
sincrónica.
Hasta puede adelantarse, sin pretender el
carácter de oráculo profesional, que la
insistencia y el abuso de esa regla de
conducta ha de llevar al país a la guerra
civil que, es precisamente, la etapa
precedente al acto abominable de tomarse
por la propia mano lo que es considerado
por sus autores como una sentencia
abonada por la justicia.
El presidente Irigoyen ha suprimido en el
gobierno que realiza, todas las válvulas por
medio de las cuales encuentra su escape
natural el vapor levantado por las ardorosas
pasiones de la política personal. (...)
El crimen realizado en San Juan es una
consecuencia lógica del estado de pertur-
bación que sufre el país
La tarde
Diario de Mendoza
172
JONES
que fue uno de los asaltantes a la comisaría
primera el mismo día del crimen.
Luego, un señor sentado en la punta de un
catre, me mira como reconociéndome y cam-
biamos un amable saludo. Es el ministro,
señor Barros del Carril, del gobierno del señor
Estrella que, como se sabe, no llegó a consti-
tuirse.
Recuerdo entonces que este caballero acom-
pañaba al presidente provisional del Senado
cuando le hice un reportaje, momentos antes
de ser encarcelado.
También están en el mismo sitio, Florencio
Videla, alto empleado de la legislatura;
Montealegre, José de Casares y Tirapeghi,
este último de quien dicen que era tan amigo
de Cantoni como de Jones.
A
esta altura de nuestra visita, un preso
por causas ajenas a la política, obse-
quió a los invitados especiales de los
diarios metropolitanos con objetos de su espe-
cial fabricación, que todos los circunstantan-
tes celebraron.
Y también a esta misma altura de la recorrida
insistí en mi pregunta por Miranda.
—Está en la policía—,
me contestaron.
Ví luego en otro de los pequeños calabozos al
doctor Elío Cantoni, el menor de los herma-
nos y al ingeniero químico Carlos Porto, sin-
dicado como fabricante de las bombas explo-
sivas, una de las cuales, como se sabe, fue
arrojada contra el costado derecho del cuerpo
yacente del gobernador Jones. Ambos leían, al
parecer, novelas, y respondieron con una
inclinación de cabeza a nuestros saludos.
Bossio y Ernesto Reynoso se hallan igualmen-
te en calabozos y creo que me dijeron que el
segundo de ellos es el “chauffeur” del auto-
móvil que algunos de los asaltantes ocuparon
para dirigirse a Rinconada.
Luego entramos en un aposento amplio, cerra-
do con una puerta como de rejas y allí saluda-
mos al señor Juan Estrella, cuya actitud al tra-
tar de asumir el mando, causó en general
buena impresión y provocó su prisión.
El señor Estrella, está, como es natural, muy
tranquilo.
Ya íbamos a retirarnos, cuando quiso la casua-
lidad que se abriera, no sé con qué motivo, la
puerta de un pequeño galpón, en la que se lee.
“Gran peluquería”. Ví entonces un hombre
que sólo mostraba sus ojos claros, la nariz, la
boca y el mentón, pregunté quien era:
—Es Miranda—
me dijo el director de la cár-
cel y luego me explicaron que acababa de lle-
gar de la policía, donde había sido nuevamen-
te sometido a un interrogatorio por las autori-
dades sumariantes.
Este detenido estaba cuidadosamente venda-
do y a la altura de la oreja izquierda tenía un
marcado abultamiento, probablemente algo-
dón.
A
l retirarme, y luego de haber visto la
comida de los presos, que me pare-
ció relativamente buena, pasé por la
talabartería, donde estaba una cama en desor-
den.
—Aquí estuvo el doctor Aldo Cantoni, quien
acaba de salir en libertad—,
me dijeron.
Agradecí a los empleados de la cárcel sus
intenciones, lo mismo que la compañía del
subsecretario, señor Lucero y me retiré.
Después de visitar la cárcel, encontré casual-
mente al ministro de Gobierno, a quien le
comuniqué la impresión desde todo punto
desfavorable que había recibido sobre el alo-
jamiento de los detenidos.
Me respondió que no era por cierto esto culpa
del gobierno, de la policía, ni de los jueces,
sino de las malas condiciones del edificio y
agregó que le hubiera agradado mucho que
estuviera ya terminada la cárcel nueva, en
construcción, que será más amplia y conforta-
ble.
T
ambién hice una rápida visita al asilo
Buen Pastor, pudiendo compenetrar-
me de que las detenidas, que son dos
hermanas de Vicente Miranda y una señora,
Rosario de Cruz, están bien atendidas y son
muy consideradas por sus guardadoras.
Es cierto que duermen en la misma sala que
las demás recluídas, pero no es posible otro
procedimiento, pues, el edificio no reúne con-
diciones para alojar mejor a las detenidas
especiales.
Estas detenidas se mostraron al principio de
mi vista, con cierta presencia de ánimo, pero
no tardaron en llorar, visiblemente impresio-
nadas.
• • • •
(Esta nota se publicó en el diario
La Prensa, de Buenos Aires,)
Ilustración: Miguel Camporro
1...,168,169,170,171,172,173,174,175,176,177 179,180,181,182,183,184,185,186,187,188,...250
Powered by FlippingBook