la_cena_de_los_jueves2 - page 64

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JONES
Una extraña mujer
llega a medianoche
D
on Juan Maurín, que luego sería
gobernador en 1934, vivía entonces
en la calle Mendoza, casi llegando a
9 de Julio.
Era verano y Maurín con su familia –como lo
hacían siempre para la época estival— estaban
instalados en la finca de Caucete.
Pero aquel día don Juan tenía un compromiso
político en la ciudad.
Debía ayudar a salvar
a un amigo al que querian detener.
—No hay mejor escondite que mi casa en el
centro, que está vacía—,
dijo Maurín cuando
lo consultaron.
Fue así como se montó el operativo.
El hombre llegaría a medianoche, en un vehí-
culo, vestido de mujer.
—Yo los estaré esperando en la puerta de mi
casa. Si no estoy en la puerta o alguien me
acompaña, ustedes sigan de largo porque sig-
nifica que hay problemas—.
dijo don Juan
Llegó la medianoche y don Juan se instaló en
la puerta de su domicilio. De pronto vio apa-
recer por la calle Mendoza el coche.
Pero dió la casualidad que en ese mismo
momento se le acercó don Salmuni, colchone-
ro vecino. Y comenzó a darle conversación.
De acuerdo a lo convenido y al ver a Maurín
acompañado, los hombres que iban en el
coche siguieron de largo, con aquella extraña
mujer a bordo.
A todo esto Maurín que no sabía cómo hacer
para que terminara aquella charla con
Salmuni.
—Menos mal que ha refrescado, qué calu-
roso estuvo el día...—,
decía don Salmuni.
—Sí—,
contestaba seco Maurín.
—¿En Caucete hace tanto calor?
—Sí.
—¿Y cómo está la familia?
L
os minutos fueron pasando y don
Juan estaba cada vez más nervioso.
Pero su buen vecino ¿qué otra cosa
iba a hacer a la una de la mañana sino conver-
sar un rato antes de irse a dormir?
Maurín vio que el coche volvía a aparecer a lo
lejos. No podía meterse en su casa porque su
ausencia significaba que había problemas. Y
no podía estar acompañado por la misma
causa. Eran las instrucciones que él mismo
había dado. La única posibilidad era que
Salmuni decidiera irse a dormir y lo dejara
solo.
Don Juan Maurín era un hombre muy formal.
Y cuando el coche pasó por segunda vez no
tuvo más remedio que intentar un recurso
desesperado.
—Don Salmuni, tengo que hacerle una
confidencia.
—Lo escucho, don Juan.
—Se trata de algo reservado...
—Por favor, don Juan, si usted no lo desea
nadie sabrá lo que usted me diga...
—Usted sabe que mi familia está en
Caucete...
—Así es...
—Bueno, yo había decidido aprovechar la
ocasión para... no sé cómo decirle... bueno,
recibir a una señorita.
—Pero don Juan... – contestó Salmuni con
una sonrisa cómplice.
—El caso es que para que esta señorita
venga... yo no tendría que estar acompaña-
do. ¿Me entiende no? Ella prefiere mante-
ner su anonimato.
—Por supuesto que lo entiendo.
—Por lo que si usted no tiene inconvenien-
tes ni se opone a lo que... bueno... a lo que
yo voy a hacer, le pediría que me dejara un
momento sólo acá hasta que la señorita
venga y entre.
—Faltaba más, don Juan y pierda cuidado
que esto nadie lo sabrá.
E
n la tercera pasada el coche se detu-
vo y la extraña mujer descendió,
entrando rápidamente en la casa.
Aquel hombre que llegó disfrazado
era el
juez Eulogio Castro
y permaneció varios
días escondido en la casa de Maurín, que
continuó con sus vacaciones en Caucete.
Doña Josefa Gonzalez, que vivía por la calle
General Paz entre Mendoza y Entre Ríos, al
lado de la casa de su primo segundo e impor-
tante dirigente cantonista, Rodriguez Pinto,
fue la encargada de traerle todos los días
comida y lavarle la ropa.
Días después Castro fue sacado de San Juan
y enviado a La Rioja, donde se reunió con su
familia. Desde allí seguiría disparando su
artillería contra Jones y su gobierno.
D
on Salmuni nunca comentó el episo-
dio. Pero comentaba Maurín que
más de una vez lo miraba como
diciendo:
—¡Quién iba a decir que don Juan Maurín
también era capaz de tirarse una canita al
aire...!
Fuente: relatado al autor por Raquel Maurín
de Mó, hija de don Juan Maurín
Ilustraciones: Miguel Camporro
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