la_cena_de_los_jueves2 - page 63

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JONES
A
quella noche de sábado, 29 de enero
de 1.921, sería inolvidable para el
juez Teófilo Castro.
Eran las 22 cuando el carruaje se detuvo sobre
calle Rivadavia, en la puerta del Club Social.
En momentos en que descendían Castro y José
Flores Perramón, dos policías se le acercaron.
Uno de ellos era el comisario Rufino.
Rufino:
Doctor Castro, tengo órdenes de dete-
nerlo.
Castro:
¿Quién ha dado la órden?
Rufino:
La Corte de Justicia.
Castro llevó la mano a la cintura y extrajo un
revólver.
Castro:
¿A quién vas a detener vos, hijo de
puta? Hacete a un lado o te vuelo la cabeza...
El juez corrió hacia la entrada del club, donde
ya habían algunos socios amigos que rápida-
mente lo introdujeron. El comisario quiso
entrar pero las personas allí reunidas fueron
terminantes:
—Disculpe comisario, pero este es un club
privado. Usted no puede entrar sin una
orden de allanamiento.
Pronto el edificio fue rodeado por numerosos
policías.
Rufino:
Acá lo esperaremos, en algún
momento va a tener que salir.
Las horas fueron pasando y como Castro no
salía, el comisario pidió una orden de allana-
miento.
Pero alguien avisó a Castro y éste, trepándose
por varios techos desde la parte trasera del
edificio fue salir a la casa del doctor Indalecio
Carmona Ríos, que daba sobre la calle
General Acha.
Carmona Ríos era un destacado dirigente
socialista y dió albergue a Castro, consiguien-
do que un amigo pasara a buscarlo a las 4 de
la mañana.
Mientras los policías continuaban esperando
en el Club Social, un auto pasó lentamente
por la calle General Acha.
Sin que detuviera
la marcha Castro subió al vehículo, per-
diéndose en la oscuridad.
C
on las primeras luces del día el auto
que transportaba al juez Castro llegó
al departamento Pocito, dirigiéndose
hacia la propiedad de don Martín Laspiur,
donde fue recibido por el afincado y su hijo.
Laspiur:
Esta es su casa, doctor, puede per-
manecer el tiempo que desee.
Castro:
Muchas gracias don Martín. Sólo
quiero un poco de agua y descansar un rato...
Laspiur:
No se preocupe. Puede ocupar esta
habitación.
Pero solo unas horas podría permanecer el
magistrado allí.
Cuando se había recostado sobre una cama,
agotado de tantas peripecias, el capataz de la
finca, Manuel Rodriguez, apareció agitado en
la pieza:
—Doctor, salga rápido, estamos rodeados
por la policía.
—¿Por donde voy?
—Vaya por el potrero, yo los voy a entrete-
ner.
Era media mañana y, efectívamente, la pro-
piedad estaba rodeada por treinta o cuarenta
policías armados. No obstante, Castro pudo
evadirse.
Unas cuarenta cuadras caminó el juez a
campo traviesa, hasta que a las 13 fue a dar a
la bodega de Ramón Yornet, en Villa Krause.
Allí permaneció escondido hasta el anoche-
cer.
A media tarde recibió la visita de don Manuel
Maurín, hombre del conservadorismo y
amigo de Castro, con el que compartía tardes
de cartas en el Club Social.
—Prepárese porque en cuanto oscurezca va
a ser trasladado a otra parte más segura.
A
las 21 y con un caballo que le pres-
tara don Ramón Yornet, partió nue-
vamente Castro, en dirección a
Santa Lucía. Tres horas después, en un auto
fue trasladado a la ciudad. Pero antes de subir
al vehículo, debió cumplir con un requisito.
—Quédese tranquilo doctor, lo vamos a lle-
var a la casa de un gran amigo suyo. Pero
antes va a tener que hacer algo...
—¿Qué quieren que haga?
—Se va a tener que vestir de mujer.
Fuente: Testimonio del juez Eulogio Castro
ante la comisión investigadora de la Cámara
de Diputados de la Nación en febrero de 1.921.
La precipitada huida
de un juez por los techos
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