la_cena_de_los_jueves2 - page 88

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JONES
glado”
con quienes manejaban el juego en la
ciudad.
A poco de asumir como jefe de Policía,
Guiñazú allanó la mayoría de los locales. Lo
hizo con agentes montados a caballo, que
entraban en confiterías, clubes y garitos
ubicados en la zona céntrica, con lo que los
operativos adquirían características especta-
culares.
Pronto comenzó una gran polémica.
La oposición quería que se les cobrara una
patente.
El gobierno sostenía que con una patente se
autorizaba tácitamente el funcionamiento de
casas que explotaban en beneficio propio un
servicio social.
—Si es imposible extirparlo, al menos lo
obstaculicemos en todos los sentidos y por
todos los medios—,
decía Jones.
Y agregaba:
“Cuando el jugador se oculta para hacerlo,
al menos conserva el pudor del hombre que
estima su dignidad y que está convencido
que al hacerlo merece la censura. Si ampara-
mos el juego con el simple pago de una
patente, en cambio, esos destellos de pudor
desaparecerán”.
L
a filosofía de Jones era buena.
Pero
las ideas las llevan generalmente a
la práctica otros hombres, que no
son los ideólogos.
Y Guiñazú era el encargado de controlar y
obstaculizar el juego clandestino en San
Juan.
El caso es que después de aquellos operati-
vos espectaculares que merecieron el aplauso
de los editorialistas de El Porvenir, Diario
Nuevo y Debates, todo se aquietó. Ya no se
hacían operativos y el juego lejos de dismi-
nuir, aumentó.
Decían que Guiñazú había “arreglado”...
Los enemigos se seguían sumando...
Y los odios y las amenazas también
Sin embargo Amable Jones no quería
custodia.
Seguía sólo, en la política, como en la vida,
hacía su destino anunciado.
M
arcial Quiroga fue el
hombre que en el parla-
mento más insistía en la
necesidad de intervenir la provincia.
El veterano médico estaba convenci-
do de que si no se daba una solución
a la “cuestión San Juan”, las cosas
terminarían mal.
Así argumetaba:
“Cuando veo la situación de San
Juan, que se conmueve no obstante
la tranquilidad aparente, me parece
ver la superficie del océano, toda
tranquilidad y
después agitarse las
olas rompiendo los diques que
detienen las aguas.
Y bien; ¿no me ha sentido la honora-
ble cámara el año pasado pedir, por
una, sino cien veces, rogarle, supli-
carle casi de rodillas el arreglo de los
asuntos de San Juan?
A veces venía a este recinto con los
ojos preñados de lágrimas porque
presentía, adivinaba luctuosos suce-
sos. ¿Por qué, señor presidente?
Porque el doctor Jones, tal vez sin
quererlo, por desconocimiento de la
manera de gobernar a los pueblos
civilizados y cultos,
está incurrien-
do en esos errores de los hombres
políticos que han tenido siempre
tan fatales consecuencias.
Hechos parecidos dieron lugar a la
famosa revolución francesa, que más
tarde levantara el cadalso de la Plaza
de Gréve para segar diez mil cabezas
de las más sobresalientes de la
Francia republicana.
Es el poder absorbente, desconoce-
dor de los derechos y libertades de
los pueblos lo que ha producido esa
inmensa catástrofe de la poderosa
nación rusa que hoy se debate en los
horrores del hambre y de la sangre.
He dicho, señor, que hasta las leyes
físicas y químicas permiten anticipar
las consecuencias posibles de una tal
política.
Tomemos una botella, introduzca-
mos materias fermentables, tapé-
mosla bien... dejemos que los gases
que destilen esas substancias vayan
aumentando más y más la presión:
si
el tapón no salta, la botella estalla.
Conociendo como conozco el senti-
miento de mi pueblo, sabiendo cómo
se trata a esa provincia, conociendo
asimismo su historia,
tengo el triste
presentimiento de que vayan a
repetirse hechos vergonzosos.
C
reía que desde hace cua-
renta años se había cerrado
definitivamente la obscura
y tétrica galería de los asesinatos
políticos en mi provincia. Pero,
señor presidente, sé que repetidas las
mismas causas se reproducen los
mismos efectos:
esta es la historia
del mundo.
Los temores de
Marcial Quiroga
Marcial Quiroga
Ilustración de
Miguel Camporro.
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