la_cena_de_los_jueves2 - page 109

política pasó a ser intensa. Fue cuando apare-
ció en escena Federico Cantoni y Rómulo,
sin dudarlo, se sumó a los intransigentes y
más concretamente al Club Baluarte.
D
esde hacía varias semanas sabía
que él tendría una importante
misión que cumplir cuando llega-
ra la revolución.
Y el día de la revolución había llegado.
—Lo que hablemos hoy no deben comen-
tarlo con nadie—,
decía en ese momento
Porto.
—¿Dónde será la cosa?
—Ustedes van a tener una misión muy
importante en Pocito, en La Rinconada.
—¿El hombre va a andar por allá?
—Sí, nos acaban de confirmar que irá a
almorzar a lo de su primo Valeriano.
—Queda a 200 metros de mi casa... —dijo
Miranda Jamenson.
—Así es Vicente. Y por eso te necesitamos
a vos también.
V
icente de la Cruz Miranda
Jamenson había nacido el 2 de julio
de 1.888 o sea que tenía 33 años. y
también permanecía soltero.
Su padre era Marcos A. Miranda y su madre,
Jesús Jamenson, era poseedora de un apelli-
do de origen inglés, radicado a mitad del
siglo XIX en la provincia.
Miranda tenía un negocio de bar y billar en
Pocito pero era perito contable y sus mayores
ingresos provenían de su trabajo de tenedor
de libros.
Hombre de contextura mediana, medía 1,73
y tenía cutis blanco, ojos verdosos y cabello
castaño, que de alguna manera denunciaban
la mezcla de sangre.
—La idea es esperarlo en tu casa...
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Se conforma
el grupo que
participaría
en el operativo
JONES
—Muchachos, a ustedes los espero en mi
casa mañana a las siete de la tarde.
Eso les había dicho el ingeniero Carlos Porto
y a esa hora estaban allí, ese viernes 18 de
noviembre como un solo hombre, Emilio
Sancassani, Belisario Clavel, Rómulo Tobares
y Vicente Miranda Jamenson.
Porto estaba muy serio y en una faceta que no
le conocían.
—El ingeniero, tan fogoso en sus discursos
y ahora tan serio y reconcentrado, parece
un capitán en batalla.
Y así era.
Porto daba órdenes con la precisión del jefe
de un regimiento que está por entrar en
acción. Un jefe que da y recibe órdenes de sus
superiores, que procesa información, que
decide.
—El domingo va a ser la cosa... —,
dijo
Porto.
E
l ingeniero miró a Rómulo Segundo
Tobares. Tenía nervios de acero aquel
morocho de bigotes y pelo crespo.
Hijo de Rómulo Tobares y de Clara Videla, a
los 31 años —había nacido el 13 de abril
de1890— aun permanecía soltero y era famo-
so por sus condiciones de tirador. Como que
había representado a la provincia en campeo-
natos regionales y nacionales de tiro.
—Este tipo, con un Mauser es capaz de
pegarle un tiro a una mosca desde veinte
metros—,
decían de él.
Rómulo vivía en la calle Florida 965, en
Concepción y tenía un pequeño comercio.
Medía 1,72 y era de contextura mediana,
cejas arqueadas y separadas y frente alta. La
cara remataba en un mentón con surco en el
medio.
A los 16 años ya militaba en el partido radi-
cal. Pero recién hacía cinco que su actividad
Y es en ese marco que se realiza la reu-
nión entre los tres,
aquel viernes 18 de
noviembre de 1.921.
¿El motivo?
El telegrama que Vita y Cantoni habían
recibido de parte de Estrella.
-Está decidida la intervención-,
dijo
Vita.
-Parece que esta vez va en serio... El
lunes ya será designado el interven-
tor.-,
agregó Barrera.
Federico escuchaba callado.
-¿Usted cree que el presidente no va a
cumplir?-,
preguntó Barrera.
-Yo no opino. Sólo escucho -,
fue la
respuesta de Federico.
P
ara Vita y Barrera, el tema esta-
ba terminado.
El objetivo ahora consistía en
influir en el nuevo interventor, continuar
controlando el senado y la justicia, posi-
blemente ser candidatos a diputados o
senadores nacionales. En especial
Alberto Vita podía tener una importante
proyección nacional si Ramón Gómez
integraba la fórmula presidencial.
Para un líder como Cantoni, en cambio,
las cosas eran distintas: no era lo mismo
desalojar a Jones por medio de una
revolución a que la provincia fuera
intervenida.
Una intervención significaba compartir
el triunfo con otros hombres -conserva-
dores, radicales de distintas fracciones,
magistrados- que habían actuado como
un verdadero frente.
Un jefe revolucionario, en cambio, era
único e indiscutido.
Vita y Barrera podían ser hábiles nego-
ciando o complotando pero no estaba en
sus espíritus ser protagonistas de un pro-
ceso violento.
Ellos se consideraban políticos, hombres
de comités, profesionales, hombres de
negocios.
Cantoni, en cambio jugaba al poder, a
todo o nada.
V
ita y Barrera hablaban del día
después, de la semana que
comenzaba el 21 de noviembre.
Cantoni nada dijo.
Y fueron Barrera y Vita los que se
fueron preocupados aquel día.
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