la_cena_de_los_jueves2 - page 105

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Jones se sentía un
extraño en el medio
JONES
M
anuel Bernardo Agüero tenía
65 años y era primo hermano de
Jones. El gobernador lo había
designado comisionado municipal en Pocito.
Aquel viernes 18, a las 8 de la mañana,
Victoriano fue a la casa del gobernador, en la
calle Mitre.
—Te mandé llamar Manuel porque el
domingo próximo voy a ir a Pocito con don
Juan Meglioli, a ver si arreglamos de la
mejor manera posible la distribución del
agua en su propiedad.
— Muy bien, te esperamos.
—Vamos a ir al medio día, así almorzamos
en lo de Victoriano y a la tarde vamos a
ver las propiedades de Meglioli.
Victoriano era hermano de Manuel y vivía
también sobre la calle Aberastain, en La
Rinconada, a sólo 200 metros de la casa de
Manuel.
—¿Victoriano ya sabe?
—Sí, se lo dije ayer pues el miércoles deci-
dimos la visita con Meglioli.
—Seguramente vamos a comer una buenas
empanadas hechas por la Palmira y la
Niamisia...
Los Agüero eran gente muy sencilla y amable
y estimaban mucho al primo que había llega-
do tan alto. Para ellos era un orgullo que los
domingo los visitara.
Había gente que criticaba a Jones por no
haber desplegado una vida social más inten-
sa.
El solía decir:
—Yo sé que no soy muy sociable. Pero ya
estoy viejo para cambiar. Muy joven salí
de San Juan y debí moverme en un
ambiente extraño. Así pasó mi juventud.
Luego, viví en el exterior y mi vida de rela-
ción terminaba en el ámbito de las univer-
sidades, de mis lugares de trabajo y estu-
dio.
Y era así.
Los amigos de Jones venían de su juventud,
como Aquiles Castro, Abraham Tapia,
Rigovalles. Una de las excepciones fue la del
capitán Mujica a quién conoció en Francia y
designó jefe de Policía contra la oposición de
mucha gente cuando asumió la gobernación.
El resto de su vida de relación pasaba por sus
parientes —los Agüero, los Elizondo— y
algunos de sus colaboradores.
Pero había algo que no decía Amable Jones:
no encontraba en el medio mucha gente con
la que pudiera mantener una conversación
interesante.
Jones era un espíritu abierto a todos los
temas. Pero le aburrían sobremanera las
obviedades, los comentarios sobre personas
que descendían la conversación al sótano de
los chismes, los intereses personales siempre
presentes en cada charla, la falta de visión
sobre los cambios que se producían en el
mundo.
La gente más capaz se había alineado junto a
los conservadores y le hacía un vacío ostensi-
ble.
Quizás, charlas con Bartolomé Del Bono, con
Emilio Langlois, con Campodónico, con don
José Segovia o con Santiago Graffigna habría
sido muy útil.
Pero estos o conducían al sector conservador
o preferían no saber nada con la política.
—Quizás es con esa gente con la que se
puede construir un San Juan distinto—,
pensaba a veces Jones.
—La vida política nos pone en trincheras,
nos etiqueta, nos divide. Nos transforma en
los unos y los otros... No advertimos que no
son los sentimientos ni las ideologías las que
sirven para construir sino la inteligencia y
una visión global sobre los problemas gene-
rales—, sostenía.
Y este era un gran drama de San Juan: el
individualismo.
—Sí, esta es una provincia de sobrevientes
y cada uno cree que la salvación es indivi-
dual... Por eso pesa el éxito ajeno, por eso
los ataques son personales y violentos...
¿Cambiaría alguna vez la provincia?
Jones era escéptico sobre esto.
—No hay un sólo foro donde se den los
debates que debe darse toda sociedad—,
explicaba.
En este esquema la política se transformaba
en una riña, la palabra se degradaba en insul-
tos, el pensamiento se asociaba con la mal-
dad y mientras los sectores más sanos de la
sociedad se encerraban en un doloroso exilio
interior,
era cada vez más profundo el abis-
mo entre la vida real
—la de la cultura, la
economía, las ideas—
y el mundo de la polí-
tica.
José Segovia
Francesco Campodónico
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