la_cena_de_los_jueves2 - page 99

94
JONES
—El presidente de la Nación tiene
plazo hasta el 10 de diciembre para
enviar la intervención. Caso contrario,
hay 300 hombres dispuestos a sacar a
Jones a patadas de la Casa de
Gobierno—,
anunció Cantoni.
Pero en Buenos Aires, los tiempos no
eran los mismos.
—No se apuren... Estamos próximos a
dar la solución que San Juan mere-
ce.—,
respondió el presidente.
E
ran dos mundos distintos.
Allá aún se esperaba una solu-
ción que permitiera mantener a
Jones en su puesto. Acá el gobernador,
sólo, recibía amenazas a toda hora y
debía dormir en casas de amigos o en el
convento Santo Domingo, acogido por
los frailes Reginaldo Roldán y
Raimundo Gabelich.
Eran los días previos a una muerte
anunciada.
Una muerte que sólo podía impedir el
presidente de la Nación.
Jones permanecía indiferente a la situa-
ción que se vivía, aunque su espíritu no
era el mismo.
Comenzó a hablar de la muerte. De su
propia muerte. Una muerte inexplicable
para alguien que estaba íntimamente
convencido que sólo deseaba el bien
para los sanjuaninos.
El 10 de noviembre, tal como lo había
anunciado Cantoni, comenzó a planifi-
carse la revolución.
Cantoni encomenzó la organización a
sus hombres más cercanos: su hermano
Elio, Carlos R. Porto y Ernesto Reinoso.
La organización fue celular. Nadie sabía lo
que haría el otro grupo.
El objetivo era terminar con el gobierno de
Jones.
Y es acá donde se abren interrogantes.
Según los bloquistas, la revolución debía
tomar el gobierno, detener a Jones y obligarlo
a renunciar, para que asumiera el poder el
presidente del Senado Juan Estrella y se con-
vocara a elecciones.
Según las fuentes radicales, la “revolución”
sólo fue una cobertura para disfrazar el hecho
fundamental:
asesinar a Jones.
Los argumentos —como siempre ocurren—
tenían lógica en ambos casos.
—¿Para qué matar a Jones si Jones ya era
un muerto político? Con su muerte, sólo
lográbamos la intervención nacional, la
represión y la cárcel. En cambio obligándo-
lo a renunciar quedaba en pie el resorte
constitucional de que asumiera el presiden-
te del Senado—
, sostienen los cantonistas.
—Ellos sabían que Yrigoyen nunca iba a
abondonar a Jones, que sólo matándolo
podían desalojarlo del poder. Y eso es lo
que hicieron—,
argumentan los radicales.
P
ara Cantoni, algo estaba claro: no
sería una revolución de la oposición.
Sería una revolución cantonista.
Y es por eso que ordenó que el Club Baluarte,
que le respondía incondicionalmente y era
presidido por Porto, tuviera a su cargo la
organización.
Nada quedó librado al azar.
Cómo se organizó
la revolución
El sector de inteligencia tenía gente distri-
buida en sitios que podían brindar buena infor-
Elio Cantoni posa en esta
fotografía con una escopeta.
1...,89,90,91,92,93,94,95,96,97,98 100,101,102,103,104,105,106,107,108,109,...250
Powered by FlippingBook